20 de noviembre de 2011

4.

 Entramos en el pizzahut muertos de hambre, Bob pidió una mesa y nos sentamos cerca de la barra de los camareros. Al segundo vino una camarera, rubia con el pelo hasta la cintura recogido en una coleta, con una sonrisa muy bonita. Se parecía a mi hermana Teresa. Bob pidió primero:
 -Unos nachos con salsa, ¿y tú Carlos?
 -Yo una ensalada cesar.
 -¿Algo más?-preguntó la señorita
 -No, muchas gracias.-contesté.
La chica rubia se alejó moviendo su larga coleta al compás de su paso vacilante y sexy a la vez. Bob me miró, y sobraron las palabras para saber que estábamos pensando. No sabía que ese era el tipo de chica de él, pensaba que sería más hippie. La comida transcurrió entre risas y recuerdos felices; un poco de arte y algunos toques sabáticos. Bob era un tío genial, de los amigos en que se pueden confiar. Le conté lo del choque el día anterior en el coche de Olivia. Le conté como era esa chica, y él me escuchaba feliz. Al llegar la hora de pagar, pagamos a media. No éramos de los que nos peleamos por ver quien paga, a medias y punto. Bob de despidió de la chica rubia. Esta le sonrío con una grata sonrisa, lo justo y necesario para que dijera:
 -Está loquita por mí.
 -¡Pero que creído te lo tienes chaval!-dije riendo.
Me acompañó hasta la parada del autobús.
 -Oye, ¿cómo vas para casa? - le pregunté.
 -Andando, tampoco vivo muy lejos.
Sonrió y se sacó un cigarro del bolsillo. Empezó a maniobrar con él en la mano, sin saber muy bien que estaba haciendo con el cigarro me acerqué.
 -¿Qué haces?
 -¿Quieres un poco?-preguntó vacilante.
 -No, gracias. No me gusta meterme mierda en el cuerpo.
Rió mientras terminaba de liarlo. Me miró y dijo:
 -A mi tampoco. Una vez que entras, no puedes salir.
Y vacilante lo encendió y empezó a fumárselo. Ahí estábamos, los dos tirados en la parada del autobús solos, esperando a que llegara éste. Mi amigo fumando, a saber que le había echado esta vez, y yo allí metido en mis problemas, ahogado en mi mundo. En un mundo que una vez que entras no puedes salir. Miro a Bob. Supongo que cada uno tiene un mundo del que no puede salir, y por eso respeto su mundo, no lo comparto. A lo lejos veo como se acerca una chica, de piel oscura, con un pelo largo negro rizado. Vestía ropa normalita, sin mucho glamour. "Vamos ella al lado nuestra es la diosa del glamour" pensé. Bob seguía en su mundo metido con la mirada perdida en el horizonte con sus codos apoyados sobre sus rodillas. La mente de un artista, nunca es clara y precisa. La chica cada vez estaba más cerca, iba hablando por el móvil con alguien. Parecía preocupada. Cuando levantó la mirada, pude reconocer en un segundo quien era. Esos ojos, esa mirada. Era la chica del choque del día anterior. Se paró en una farola y cerró el móvil. Angustiada lo guardó en su bolso y se metió en su coche aparcado. Arrancó y vi como ese coche que hace simplemente un día chocó con el de la novia de mi hermana mientras yo iba dentro pasaba ante mis ojos. Ella ni se dió cuenta que estaba allí sentada, como un pasamarote, mirándola. Muchas veces las personas miramos, pero no observamos. Miré a mi derecha y Bob se había terminado de fumar el cigarrillo, estaba jugueteando con su móvil.
 -Oye, ¿qué haces?
Me miró sonriente y dijo:
 -Nada, hablando con Juanbu. ¿Sabes que este fin de semana es el concierto de Morodo?
 -¡Venga ya! ¿En serio?
 -Te lo juro
 -Que pena que no tenga pasta.
Bob resopló.
 -No eres el único amigo. Intentaré hablar con Juanbu haber que va hacer él.
Entonces vi como el autobús se acercaba y se paraba justo delante de nosotros. Miré a Bob y levantó la mano en signo de despedida mientras se guardaba el móvil en la riñonera.
 -Ya te veo mañana Carlos. 
 -Mañana clases por la tarde ¿no?
 -Claro. Parece mentira que me lo sepa yo mejor que el "empollón".
 -Serás tonto. - le dí en el hombro.
Me metí corriendo en el autobús, pasé el monobús y cogí el mismo asiento de siempre. Me parecía raro que nadie cogiese ese sitio, era el mejor. Al lado de la ventana más grande, donde podía escuchar mi música sin que nadie me interrumpiese. Total, nunca se montaba nadie conocido en el autobís, por lo menos en el mismo que yo. Saqué el Ipod que me regalaron entre Olivia y mi hermana las navidades pasadas y me coloqué los cascos en las orejas. Puede parecer una tontería pero me costaba la misma vida ponérmelos, siempre se me resbalan, caían o algo así. Abrí mi lista de reproducción y puse "tu eres como el fuego" de Morodo. El autobús se puso en marcha y pude ver como dejábamos la parada del autobús lejos, y como ví a Bob cruzar un paso de peatones no muy lejos de aquella parada. Por lo visto seguía trapicheando con el móvil. La verdad es que no me importaba, era su vida. "tu eres como el fuego y cada vez que me acerco me prendo..." preciosa cancion. Me encantaba. Me recordaba a mi ex, pero eso no me importaba. A veces los recuerdos son tristes y dolorosos, pero no dejaré de escuchar a mi cantante favorito simplemente porque ella y yo hayamos escuchado una canción juntos. ¡No lo soporto! "...resistirme intento y no puedo y me sigo ardiendo, me estoy consumiendo" Sigo escuchando mientras veo pasar las motos, pequeñas vespas de distintos colores, normalmente con chicas conduciéndolas. Son adorables. Sigo mirando y veo un banco con una pareja sentada. Parecen felices. Entonces sonrío y los sigo con la mirada hasta que el autobús no me lo permite. Éste se para en una parada, y se montan un grupo de chicos "skaters", todos iguales. Pitillos cagados, apretados sin marcar culo pero marcando piernas, "estilizándolas" mejor dicho. Con camisetas anchas, de diferentes marcas. No pueden tener más de quince años la mayoría. Algunos incluso llevan una camiseta de cuadros encima de la camiseta, y por supuesto, su skate bajo el brazo. Cada uno de modelos distintos, colocres completamente diversos, algunos mas gastados que otros. Uno de los chicos incluso llevaba el skate medio partido. "Hay que ver..." pensé. Todos se sentarón juntos mientras iban contando, recordando sus hazañas que habrían echo en el pasado. Algunos de enseñaban fotos de sus más admirables saltos en escaleras inacabables o muros gigantescos. Otros simplemente miraban videos de sus amigos o de ellos mismos haciendo la caída más dolorosa e impresionante de todos los tiempos. Sonreí, sin saber porque. Me parecía gracioso, me recordaba a mí cuando tenía quince años. Ahora no es que tenga muchos más, pero la mentalidad, las amistades, los gustos, las chicas, la moda... cambia con los años como todo en esta vida. Miré a mi alrededor, un señor que rondaba los sesenta y pocos estaba sentada en los asientos de al lado. Iba sólo, su única compañía: un periódico; incluso dudo que sea de hoy. Iba enchaquetado, con gomina en los pocos pelos blancos que le quedaba en la cabeza. Todos alineados hacía el mismo lado. Iba con una gabardina enorme, muy elegante sí señor. Y el sombrero negro entre las piernas, por educación. Lo raro es, ¿qué hace un tipo como ese en un sitio como este? extraño. Cosas de la vida. Fachadas que tiene la gente simplemente para que los demás pensemos que son como no son. Seguramente ese señor esté arruinado, ni viva debajo de un puente ni viva en una casa como las de la costa de Miami (para empezar porque por aquí no hay de eso); ni sea educado, ni tenga una nómina de a saber cuantos miles de euros. Es una trampa, y yo iluso de mí, he caído en ella. Como muchas de las personas que lo ven a diario. Pasatiempo de la vida, pero te paras a pensar y te preguntas "¿Qué sería de esto sin las personas como esas?" Esto sería demasiado aburrido, todos nos comportariamos correctamente, tendríamos estudios de matrícula de honor, seríamos educados, elegantes y besaríamos la mano de las damas que conociésemos. Pues sí, si existen personas así, es porque la vida quiso que fuesen así. Igual que yo, soy así porque la vida quiso que fuese así. Puede parecer un impresentable, maleducado, maloliente, vagabundo. Pero esa es mi trampa, en la que muchas personas caen. Mi fachada. Mi única fachada.  
En un momento salgo de mi mundo y miró por la ventana. ¡Mierda! Me he pasado mi parada de no estar atento. Siempre me pasa lo mismo. Corriendo le doy al botón rojo de salir. El autobús se para en la siguiente parada, abriendo las puertas para que yo junto con otras personas pudiéramos salir. Miro a mi alrededor. Me encuentro a unas tres manzanas de mi piso. Sin apagar el Ipod empieza a andar con la maleta en la espalda mientras veo que el cielo se cambia de color. Camino por un parque, donde los niños juegan. Un bar donde los viejos cuentan sus hazañas de jóvenes mientras se toman una cerveza. Algunas que otras tiendas de ropa, donde algunas chicas miran distinto tipos de ésta para probársela. Después de media hora andando llego a mi portal. Meto la llave, pero al segundo la saco. No tengo ganas de entrar en casa, tengo ganas de quedarme en el parque tirada mientras veo como el sol se esconde y las nubes de enrojecen. Me siento en el césped y veo como la última niña pequeña se aleja de la mano de su madre mientras el sol dibuja una parábola de ambas.

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